En septiembre de 2011 empecé como voluntaria a colaborar con la asociación, acababa de terminar mi curso de educación canina en la UCM y estaba ansiosa por poner en práctica todo lo aprendido. Si me lees habitualmente sabrás que no tengo perro. Lo sé, soy de esas educadoras que no tiene perro, siempre lo he tenido y volveré a tenerlo, pero en ese momento en casa no era posible aumentar la familia. Así que decidí ayudar a quienes más lo necesitan. Allí conocí a Paco, Eva, Máx, Chito, Lio, Loise, Rocky, Bene, Duque, Rita, Erik, Mandy… Cantidad de perros con problemas más o menos serios o al menos el estrés que suponía entonces salir poco y mal de sus cheniles. Poco a poco se instauraron unas pautas de paseos, se realizaban búsquedas durante las salidas, se cambiaron collares de ahogo y correas cortas por arneses y cintas de campo o al menos correas largas. Eso en cuanto a mejoras in situ. Otra de las cosas que hacía era dar pautas de adaptación a los adoptantes, una pequeña guía para resolver posibles complicaciones de la llegada a casa del nuevo miembro e incluso visitas gratuitas a las casas. Al tiempo surgió la oportunidad de realizar actividades asistidas con los perros del centro y la Fundación Magdalena. Doblemente provechoso, porque las chicas de la fundación disfrutaban en grande y porque era alucinante ver cómo cambiaban los perros con ellas. Descubrí entonces que teníamos auténticas joyas y ayudó mucho a su “adoptabilidad”. En julio de 2012 surge una plaza en el CICAM y comienzo a trabajar allí. A partir de entonces entro de lleno en todas las tareas de la protectora, desde atención de posibles adoptantes, gestión de formularios para adopciones, organización del voluntariado,…hasta limpieza de instalaciones. Todo ello sin dejar de ser la “adiestradora” del centro (lo entrecomillo porque no me gusta el término, prefiero educadora), es decir que seguía trabajando con los perros, haciendo terapias y atendiendo a los adoptados. En abril de 2013 el ayuntamiento de Majadahonda saca las instalaciones del CICAM a concurso y empezamos a movilizarnos. Hoy en día cada vez hay más perreras, es increíble lo que se está retrocediendo en cuanto a protección animal. Lo único que importa es el dinero y ante eso nosotras no podíamos competir. Viendo que lo más probable era que no ganásemos el concurso, empezamos a preocuparnos por la suerte de los animales que allí teníamos. Y no es fácil desconectar de tu trabajo cuando trabajas con bichos. Teníamos a Chito, un rottweiler que había
atacado mortalmente a otro perro y llevaba en el CICAM desde agosto de 2010. A Enzo, un cruce de pastor alemán devuelto tras ser adoptado en las mismas instalaciones porque marcó a un amigo del dueño y que ladraba histérico en el chenil. A Simba, Shar pei que fue devuelto tras atacar a un compañero educador… Eran perros que probablemente no superasen una prueba para ser adoptados y que no durarían mucho con la nueva empresa. Llevábamos mucho tiempo con ellos como para dejarles allí, así que hicimos lo único que podíamos hacer, llevárnoslos con nosotras el día que acabó nuestro contrato. La asociación alquiló un terreno en Salamanca y nos trajimos a todos los animales que allí quedaban.







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